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Réquiem por Terminator

En El Medium amamos a Terminator y por eso queremos dejar a mano esta joyita que escribió Emilio de Gorgot para Jot Down Mag. 

 

Teatro City Center de Nueva York. 18 de Mayo de 2009. Kevin Reilly, presidente de la división de entretenimiento de la cadena televisiva Fox, está preparándose entre bastidores para revelar a la prensa las novedades de la nueva temporada. Pero algo extraño sucede. Un enviado del futuro se cuela detrás del escenario, agarra por las solapas a Reilly y le arrastra hacia un cuarto de mantenimiento donde, entre escobas y botellas de amoníaco, le obliga a cambiar sus planes. «Vengo del año 2015», dice, «y si no haces lo que yo te digo, la franquicia Terminator terminará en desastre». Reilly no puede creer lo que está sucediendo, pero sabe que el intruso habla muy en serio… quizá está demente: «¿Cómo sé que realmente vienes del futuro?», inquiere el ejecutivo. El intruso responde con un siniestro tono de voz: «En el 2015 seguiréis emitiendo The Simpsons, aunque los antiguos fans de la serie lleven años pidiendo entre lágrimas que terminéis con ella». Reilly mira al infinito: «Sí, suena como nosotros». El viajero del tiempo añade algo más: «Solamente faltan tres días para que se estrene la película de Terminator con Christian Bale. Pero yo ya la he visto. En el futuro, todos la hemos visto. Y créeme, no es algo que quieres que suceda. Mi próxima parada en este viaje es el almacén donde guardan todas las copias. Pero tengo otra petición».

Unos minutos después, un titubeante Kevin Reilly presenta la nueva programación y, saltándose el guión que llevaba escrito, anuncia una tercera temporada de The Sarah Connor Chronicles. Cuando termina de hablar, otros ejecutivos de la cadena le recriminan lo que parece un severo error, anunciar una serie que ya habían decidido cancelar. Reilly, que aún ve al enviado del futuro entre bastidores, les mira con ojos vidriosos y dice: «vosotros no podéis entenderlo».

Como podrán suponer, esta dramatización nunca tuvo lugar (por desgracia) y en la realidad en que vivimos aquella serie sí fue cancelada. Pues bien, hoy muchos la consideran la continuación canónica de la saga Terminator, pero en su día no congregó suficiente audiencia como para salvarse de la quema y quedó truncada en el que quizá era el momento más interesante. En cambio, los largometrajes de la saga sí han recaudado suficiente dinero como para que la franquicia permanezca viva, pese a que ninguna de las tres últimas secuelas han satisfecho demasiado a nadie. Al parecer, la marca Terminator vende… excepto si se emite en televisión.

Los gloriosos inicios

En 1984, James Cameron sorprendió al mundo con una modesta película llamada The Terminator. El argumento es conocido de todos: una camarera llamada Sarah Connor recibe la desagradable visita de un androide que procede de un futuro donde las máquinas (no sabemos si portando Windows 8 en su interior) se han rebelado. Un soldado que también procede del futuro llega para ayudar a Sarah e, incidentalmente, se convierte en el padre de su único hijo, que un día será líder de la resistencia humana frente a las máquinas inteligentes y el motivo por el que ella es objetivo del androide asesino.

James & Arnold

James & Arnold

Por entonces nadie conocía a James Cameron, una de cuyas mayores hazañas había sido hacerse cargo —más o menos— de la dirección en el caótico rodaje de la terrible Piranha II, película de la que renegaba porque ni le habían dejado asomarse por la sala de montaje. Empeñado en rodar por fin un largometraje a su manera, Cameron se paseaba por Hollywood mostrando el guion de ciencia ficción llamado The Terminator, que él mismo había escrito. Finalmente consiguió interesar a los estudios Orion Pictures, pero nadie más esperaba demasiado de aquello. Ni siquiera su futuro protagonista, Arnold Schwarzenegger, que aceptó formar parte del proyecto porque suponía ganar un dinero fácil por aparecer en una película de serie B que nadie iba a ver. Si era mala, y Arnold pensaba que iba a ser muy mala, poca gente se enteraría. El proyecto que de verdad centraba la atención del antiguo culturista austriaco era el rodaje de Conan the Destroyer, secuela de Conan the Barbarian, la película que dos años antes lo había situado a las puertas del gran estrellato.

No se puede culpar a Arnold. A priori, no había color. La nueva entrega de Conan era considerada un éxito garantizado de antemano, que disponía del triple de presupuesto que Terminator y llegaba precedida por mucha más publicidad. Schwarzenegger, pues, se jugaba su incipiente carrera con Conan y no estaba demasiado volcado en lo que, por otra parte, Cameron consideraba la gran oportunidad de su vida. ¿Cómo sabemos que Arnold no estaba emocionado? Bien, un día se presentó en el rodaje de Conan calzando unas botas que pertenecían al vestuario de Terminator. Le preguntaron de dónde las había sacado. «Ah», respondió, «son de una peliculita de mierda que estoy haciendo».

Tratando de encontrar a un actor idóneo para encarnar al temible terminator, Cameron pidió consejo a Schwarzenegger sobre la manera de enfocar el asunto. No es que Arnold tuviese un gran currículum por entonces (una película de éxito y algún horrendo telefilm) pero en Conan había demostrado que, con sus limitaciones, tenía carisma y sabía insuflarle vida a un personaje que de, no ser por él, se hubiera prestado a la parodia. Así, cuando Arnold empezó a describir su idea de cómo debía ser el letal cyborg, el director supo al instante que lo tenía justo delante de sus narices. Incluso su cerrado acento austriaco parecía encajar como un guante («era como si al diseñar el robot no hubiesen terminado de perfeccionar su mecanismo del habla», diría muy acertadamente Cameron), así que convenció al estudio de que Schwarzenegger, pese a ser la teórica estrella del film, debía encarnar al malo. El papel de Kyle Reese quedó para un desconocido y hoy casi olvidado, Michael Biehn. La inocente y asustadiza camarera Sarah Connor fue interpretada con habilidad por Linda Hamilton, aunque su personaje, en esta primera película, todavía no resultaba particularmente interesante.

THE TERMINATOR, Linda Hamilton, 1984, © Orion

THE TERMINATOR, Linda Hamilton, 1984, © Orion

The Terminator no era una obra maestra, pero sí una película con mucho ritmo cuya eficacia sorprendió a la crítica. Muchos esperaban uno de tantos bodrios de serie B y se encontraron con una apasionante combinación de terror, thriller psicológico y ciencia ficción de ribetes apocalípticos en donde, además, sucedía algo realmente notable: el carisma de Schwarzenegger brillaba tanto en el personaje de terminator como había brillado en el de Conan. Su retrato de un cíborg asesino resultó ser tan aterrador y verosímil que los estereotipos en torno a Arnold cambiaron completamente. Piensen que en 1984 muchos asociaban al austriaco con el poderoso, aunque por momentos simplón, guerrero bárbaro. Es más, a ojos del público Schwarzenegger era Conan. Pero The Terminator cambió esa percepción. En fin, la película tuvo un considerable impacto. Recaudó más de quince veces lo que había costado, así que Cameron consiguió ascender a la primera división de la industria para dirigir blockbusters como la magnífica segunda entrega de Alien o la poco recordada The Abyss, en la cual experimentó con efectos especiales que iba a poner en práctica en la segunda película de la saga Terminator.

El nuevo prestigio de Cameron le permitió manejar un presupuesto astronómico para la esperadísima secuela Terminator 2: The Judgement Day, que llegó precedida por una campaña de publicidad tremebunda cuya banda sonora era una canción de los entonces reinantes Guns N’Roses. La magnitud del hype fue inmensa, pero también lo era la confianza en Cameron. No defraudó. No es que Terminator 2 hiciese justicia a la primera parte, ¡es que era muchísimo mejor! Ni siquiera importó que el terminator de Schwarzenegger fuese ahora aliado de los buenos, porque el austriaco apabulló a todo el mundo con su dominio del papel, añadiendo maravillosas muestras de su innegable vis cómica, como aquel delicioso momento en que terminator intentaba sonreír.

Como villano, teníamos al androide T-1000 interpretado por Robert Patrick, un actor al que ese papel, por cierto, devoró durante años (lo que podríamos llamar el «síndrome Superman»). Patrick estuvo fantástico, consiguiendo recrear el aire siniestro que había tenido el terminator de la primera película y siendo un rival más que digno para la apabullante presencia de Schwarzenegger. Pero vayamos a la gran sorpresa del film. Hablo de la increíble transformación de Linda Hamilton en el papel de Sarah Connor.

We love you, T1000

En la primera película, a Hamilton le habían dado el papel precisamente por su aspecto vulnerable y frágil, ya que debía interpretar a una chica indefensa. En Terminator 2, en cambio, encarnó con pasmosa facilidad a una mujer endurecida que vive encerrada en un psiquiátrico, preparándose para la lucha contra el posible retorno de los robots asesinos, obsesionada por el negro futuro que le aguarda a la humanidad y que solamente ella conoce, porque obviamente nadie cree una palabra de lo que dice cuando cuenta lo que le ocurrió durante la primera parte de la historia. La interpretación de Hamilton fue tan impactante que llegó a plantarle cara al todopoderoso Arnold, y eso es mucho, mucho decir. En el futuro, cualquier encarnación de Sarah Connor iba a sufrir necesariamente el examen de la comparación con el extraordinario trabajo de Linda.

Estrenada en 1991, Terminator 2: The Judgement Day fue una película muy costosa, pero tuvo un éxito descomunal y dejó a todo el mundo atónito porque hizo que la primera parte pareciese poca cosa. Era muy espectacular, con algunas secuencias de acción nunca vistas por entonces, sí, pero eran los matices de Arnold o Linda Hamilton los que hacían que los personajes también mereciesen mucho la pena.

Las secuelas discutibles

La franquicia estuvo más de una década en la nevera, hasta que en 2003 se estrenó Terminator 3: Rise of the Machines. Pero James Cameron, que por entonces vivía en una torre de marfil, absolutamente entontecido por el éxito de Titanic, ya no estaba al frente. Esta tercera entrega fue sorprendentemente dirigida por Jonathan Mostow, un cineasta algo oscuro que no tenía un bagaje demasiado imponente. Eso sí, contaba con la baza de que Schwarzenegger volvería a meterse en la piel del cíborg más famoso de la historia del cine. Por desgracia, Linda Hamilton rechazó volver a encarnar a Sarah Connor porque leyó el guion y pensó que no le iban a conceder la debida importancia a su personaje. Por entonces nadie se atrevía a concebir una Sarah Connor que no fuese Linda Hamilton, así que el guion fue reelaborado y se determinó que Sarah había muerto después de los sucesos narrados en la segunda parte.

Terminator 3 tuvo un enorme éxito gracias al renombre de la marca comercial. Era una película entretenida, pero no una buena película. Se parecía demasiado a cualquier blockbuster de acción de la época y carecía de aquellos toques de tensión y terror que habían caracterizado las dos entregas de Cameron. Estaba mal enfocada. Ni siquiera el reparto era convincente; ni Nick Stahl como John Connor, ni Claire Danes, hacían olvidar a Linda Hamilton. En cuanto a Kristanna Loken, que encarnaba a la nueva terminator femenina, quizá tenía la presencia correcta, pero no las habilidades como para dotar a su acartonado personaje de algún matiz distintivo. Vamos, que Schwarzenegger era lo mejor de la película. Aunque cabe decir que el desenlace era sorprendentemente satisfactorio, eso no bastaba para arreglar el conjunto.

Terminator 3. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Todavía peor fue Terminator Salvation, en la que ni siquiera estaba Arnold para salvar alguna secuencia con sus típicos toques de humor, aunque sí aparecía una recreación digital de su terminator. Pretendidamente solemne, con un título de reminiscencias teológicas, pero en última instancia desastrosa, Terminator Salvation era como la versión alargada de alguna secuencia dramática de un videojuego. Nos mostraba a Christian Bale poniendo su habitual cara de nada, como el John Connor del futuro que estaba ya enfrascado en la guerra contra las máquinas. Incluía alguna secuencia de acción que estaba bien, aunque uno creería estar viendo metraje perdido de una secuela extraña de Mad Max (o viendo la propia Mad Max: Fury Road, con ese argumento que haría palidecer a Dostoievski). No hay mucho más que decir de esta película excepto que su éxito resultaba sangrante en una época donde la excelente serie Terminator: The Sarah Connor Chronicles acababa de ser cancelada.

Terminator 5: The Senile Years

El retorno de un casi anciano Arnold Schwarzenegger al papel de terminator podría parecer un error de no ser porque, al final, sus típicos guiños humorísticos terminaron siendo una vez más lo mejor de una película,Terminator Genisys, que terminaba de clavar la tapa del ataúd. La confianza que algunos pudieran tener en la saga estaba a punto de quedar hecha añicos.

El principio era curioso. Era como una recreación de la primera película de la franquicia, retomando las raíces para darle un giro inesperado a la historia ya desde el inicio. Bueno, vale. El giro inesperado consistía en hacer desaparecer el magnífico arco que el personaje de Sarah Connor había recorrido en las dos primeras películas, porque la camarera indefensa ya no existía ni siquiera al inicio, no sé si por uno de esos giros que están muy de moda y que consisten en eliminar a la damisela en apuros de cualquier argumento. Bien, es una opción. Lástima que la elección de la actriz no fuese la indicada. La bellísima Emilia Clarke hubiese sido la perfecta damisela en apuros y seguramente hubiese bordado a la Sarah vulnerable de la primera película, pero no resultaba nada creíble como la Sarah Connor combativa de la segunda. Hagan el ejercicio de ver Terminator,Terminator 2 y Terminator 5. Comprobarán que nuestra querida «khaleesi» no puede ponerse en los zapatos de Linda Hamilton.

Terminator Génesis. Imagen: Paramount Pictures.

Esto podría haber sido compensado por el resto del reparto, pero no. El casting de esta película casi parece hecho por un topo de la competencia. Las extrañas elecciones de Jason Clarke como John Connor y de Jai Courtney como Kyle Reese todavía resultaban más inexplicables. Porque Emilia Clarke, fuese la más indicada o no para el papel, era ya una estrella internacionalmente famosa. Pero sus compañeros, que encajaban incluso menos que ella en sus respectivos papeles, ni siquiera eran estrellas y cuesta explicar por qué estaban ahí. Tampoco Lee Byung-hun funcionaba como androide malvado. Ni siquiera el siempre brillante J. K. Simmons consigue arreglar el invento, porque su personaje no está bien escrito. El guion de Terminator Genisys empieza con la pretensión de revolucionar nuestro concepto de la saga y va volviéndose más y más estúpido conforme avanzan los minutos.

Llegado este punto, parece evidente que ningún largometraje posterior ha acercarse a la calidad de The Terminator y Terminator 2, ni siquiera a una reproducción medianamente creíble del particular universo y mitología de aquellas dos películas. Terminator 3 lo intentaba, aunque sin inspiración. Terminator Salvation ni siquiera lo intentaba, limitándose a usar el McGuffin para crear otro tipo de película. Y Terminator Genisys iba de revolucionaria y terminaba siendo sencillamente estúpida.

Nostalgia de The Sarah Connor Chronicles

Es casi una metáfora de nuestro tiempo el que la mejor (¡y con mucha diferencia!) secuela al trabajo de Cameron fuese una serie de televisión. Terminator: The Sarah Connor Chronicles nos mostraba a una Sarah Connor que trata de proteger y educar a su hijo John, todavía adolescente, mientras ambos huyen sin descanso de los androides del futuro. Dicho así, puede sonar a un intento vacuo de estirar el chicle. En la práctica, sin embargo, podía codearse dignamente con las dos películas originales.

Lo más notable de esta serie eran dos cosas. Una, que su argumento era perfectamente canónico, porque continuaba la historia donde se había quedado Terminator 2 y lo hacía con un respeto escrupuloso —tanto, que resultaba casi enciclopédico— hacia el universo de las dos primeras películas. Demostraba que unos buenos guionistas pueden saber cuándo no conviene innovar, sino continuar el trabajo anterior de otros, pero con amor y cuidado. El otro gran aspecto a destacar era lo idóneo del reparto. Porque era un reparto que realmente ponía a prueba los prejuicios del espectador. Pero mucho. Mucho, mucho. De la hostia.

Hoy todos conocemos el talento de la actriz Lena Headey gracias a su encarnación de la laberíntica Cersei Lannister en Juego de tronos. Aunque se lleve menos aplausos que los que recibe (con justicia) el carismático Peter Dinklage, creo que Cersei quizá sea el personaje psicológicamente más complejo de la serie. Headey, en otras palabras, es una actriz tremenda. Pero eso lo sabemos hoy. En 2008, sin embargo, el que Sarah Connor fuese interpretada por alguien diferente a Linda Hamilton era casi una herejía. Es decir, ¿qué actriz en el mundo podía retomar el testigo de semejante personaje sin chocar con el vívido recuerdo del público? La elección de una por entonces poco reconocida actriz británica produjo ácidas críticas. A primera vista, creyeron muchos juzgándola por su aspecto, Lena Headey era la típica elección que se hace pensando más en el cartel promocional que en el papel. De hecho, no mucha gente reparó en ella en la película 300. El creador de la serie, Josh Friedman, estaba teniendo problemas para encontrara su Sarah Connor cuando alguien le recomendó probar a Headey. Friedman vio un vídeo. Pensó: «Wow, ¡ahí tenemos a una mujer dura!». La contrató.

The Sarah Connor Chronicles. Imagen: FOX.

Pero otros miraron las fotos promocionales y al ver una belleza digna de portada de revista, inmediatamente creyeron que la actriz estaba allí por su físico. Pues no. Iba a bastar un solo episodio para sacarlos de su error. Al contrario que su compañera de Juego de tronos, Emilia Clarke, Headey demostraría ser una Sarah Connor sencillamente perfecta. Su interpretación debió de haberla convertido en una gran estrella bastante antes de verla convertida en una Lannister. Para empezar, resultaba muy creíble en las secuencias de acción. Esto quedaba claro en los cinco primeros minutos de la serie. Pero sobre todo iba a desgranar una Sarah que era la evolución natural de la de Terminator 2. Más endurecida, más amargada, más inflexible y más encerrada en sí misma. La complejidad y profundidad de su personaje superaban toda expectativa. Pero bueno, no me hagan caso a mí. Vean lo que dijo Linda Hamilton cuando para muchos era impensable ver a otra mujer en el papel de Sarah Connor:

Lena Headey es buena, muy buena. Sé lo difícil que es meterse en los zapatos de otra, o intentar llenar esos zapatos. Yo nunca he querido ser el molde. Supongo que es bueno que se me considere el molde, pero cada uno de nosotros tiene dones especiales que aportar a un papel. Y ella no está intentando ser Linda Hamilton; ella está intentando ser Sarah Connor. Su versión es tan válida como la mía.

Pero vayamos con más prejuicios: Summer Glau, que había encarnado a la loquita de River Dam en Firefly(gran serie, sí, pero donde su personaje había sido de los menos interesantes) iba a meterse en la piel de Cameron, una androide del futuro reprogramada para proteger a John Connor. Y aunque en Firefly la habíamos visto repartiendo golpes (en la vida real, esta actriz es experta en artes marciales), su aspecto de jovencita sensible y aniñada era lo último que uno esperaría de un frío robot asesino. Ni siquiera tenía el porte de amazona de Kristanna Loken, sino una belleza más frágil y virginal.

Pues bien, pese a los prejuicios, Summer Glau bordó el impresionante retrato de una terminator que carece de emociones humanas (a lo largo de la serie vemos muchas veces que le importa poco quién vive o muere) pero que tiene las suyas propias, como la curiosidad, o la perplejidad por la actitud de los humanos a los que ha de imitar pero a los que no termina de entender. Los matices en su robótica personalidad incluían ocasionales vistazos a su manera de entender la feminidad, rasgo que siendo un ser asexual debía imitar, desde el inesperado (y al parecer genuino) interés por el ballet, hasta el despliegue de sensualidad del que era capaz cuando quiere utilizar su evidente atractivo físico como arma, cosa que hace de manera completamente instrumental y calculada. Summer Glau demostró una inmensa habilidad de convertir los estereotipos femeninos en parte del maquillaje de su personaje, al mismo tiempo que nos dejaba entender que ese personaje ni era humano, ni mucho menos era una mujer. Cada pequeño gesto de la interpretación de Glau parecía medido al milímetro. Nunca cedía al impulso de humanizar más de la cuenta su terminator, y esto resulta especialmente meritorio en una serie donde cualquier intérprete puede caer fácilmente en esa tentación. Por si fuera poco, la actriz añadía algunos toques cómicos en la onda del propio Schwarzenegger, si bien más sutiles, pero que también funcionaban de maravilla.

Lena Headey y Summer Glau eran sin duda lo mejor de una serie comandada por dos impresionantes personajes femeninos, aunque a primera vista muchos cometiesen el error de pensar que no eran las actrices indicadas. Lo eran. Y cómo. Pero esperen, que todavía no hemos terminado con los prejuicios.

Aún peores eran los que muchos teníamos en torno a otro de los protagonistas, Brian Austin Green. Sí, eseBrian Austin Green. Sí, el mismo que años atrás había encarnado a uno de los idiotas más repelentes deSensación de vivir. Sí, no me he confundido al escribir, ¡ese mismo! Esto ya terminaba de causar la impresión de que Terminator: The Sarah Connor Chronicles iba a ser un programa hecho de saldos. Pues bien, ¡nada de eso! Green interpretaba a Derek Reese, hermano del difunto Kyle Reese, que también venía desde el futuro para ayudar a Sarah Connor. Y bueno, había que verlo para creerlo. Cuando a uno se le pasaba el impacto inicial —porque hay que acostumbrar las retinas al hecho físico— había que terminar reconociendo que Green, sí, eseGreen, estaba fantástico en el papel. Todavía más sorprendente era la efectividad de Shirley Manson (sí, la cantante de Garbage) en su papel de fría jefa de una corporación tecnológica.

En cuanto a Thomas Dekker, que interpretaba a John Connor, parecía en principio el típico retrato de adolescente emo que sufre crisis existenciales cada vez que no le ponen bastante mostaza en la hamburguesa. Prescindible, uno podría pensar. Sin embargo, en la segunda temporada su papel crecía considerablemente —Josh Friedman había previsto desarrollar su arco durante varios años— y empezábamos a ver la transformación de John Connor, el quinceañero tocapelotas, en John Connor, el futuro líder de la resistencia contra los robots.

El terminator malvado de la serie, llamado Cromartie, merece comentario aparte. En el primer episodio lo encarnaba, de manera muy poco convincente, Owain Yeoman. Pero después se hizo cargo del papel Garret Dillahunt, un tipo tan hábil que había representado dos papeles secundarios distintos en Deadwood, y el resultado, episodio tras episodio, era invariablemente impresionante. Desprendía un aureola de fría amenaza muy similar a la de Schwarzenegger en la primera película, aunque más matizada por una mayor necesidad de camuflarse entre los humanos (su trabajo estaba más en la onda de Robert Patrick). No incluía demasiados momentos de humor, pese a que el tipo es un gran actor cómico. El maquinal Cromartie de Dillahunt es, en mi opinión, el tercer gran villano de la franquicia junto a Arnold y Patrick. Mirando a este tipo, uno podía ver a un puñetero robot del futuro.

Terminator: The Sarah Connor Chronicles sí era la digna continuación de las dos primeras películas y, por lo que a mí respecta, es la auténtica tercera parte. Todo encaja en ella. No es una serie perfecta, pero empieza bien y va a más. Desgraciadamente no hubo tercera temporada aunque Josh Friedman —sabiendo que iba a ser cancelada— intentase forzar una continuación dejando al público en mitad de uno de los cliffhangers no resueltos más sonados de la televisión moderna. Friedman nunca quiso revelar qué hubiera pasado de haber continuado la serie.

Pero bueno… aquella serie podía presumir de haber dejado en la memoria de quienes la vieron un buen número de secuencias memorables, incluyendo aquella de Cromartie matando policías en una piscina con Johnny Cash sonando de fondo («The Man Comes Around» ¡Qué gran elección para ese momento!), secuencia que hubiese provocado aludes de orgasmos si hubiese aparecido en True Detective o Breaking Bad en vez de en una serie sobre robots del futuro. Pero bueno, así son las cosas. Este video es spoiler, así que si no han visto la serie pero piensan hacerlo un día, esperen a contemplar la escena en su contexto, porque todavía les impresionará más. Es una auténtica obra de arte.

Terminator: The Sarah Connor Chronicles fue, como Deadwood o Firefly, uno de los grandes coitus interruptus de la televisión reciente. Hoy se ha convertido en objeto de culto como lo que es, el mejor producto de la sagaTerminator junto a las dos películas de Cameron, pero sabemos que nunca volverá. No con sus dos actrices principales, que coinciden en su valoración de un posible retorno y que son las piezas básicas sobre las que tendría que edificarse. Lena Headey, que ahora tiene cuarenta y dos años y triunfa como Cersei Lannister, ha dicho que «a nadie le interesa ver a una Sarah Connor vieja». Obviamente es una broma, entre otras cosas porque físicamente está igual que entonces… pero aunque no fuera así, ¡los años la hacen todavía más indicada para el papel! Además, después de haberla visto como Cersei, muchos espectadores entenderían por fin quedeben contemplar a esta mujer interpretando a Sarah Connor. Pero lo cierto es que ella prefiere no estropear el recuerdo de la serie en el caso de que los nuevos guiones no le hagan justicia. Algo parecido ha dicho Summer Glau, sin la cual también es difícil concebir una reanudación.

Yo no sé ustedes, pero después de Terminator Genisys y sabiendo que The Sarah Connor Chronicles nunca volverá, se me hace difícil confiar en el futuro de la saga. El mundo era un lugar mejor cuando la franquiciaTerminator molaba. Y qué coño, ¡tampoco les hubiese costado demasiado trabajo incluir al puñetero Cromartie!

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