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En el medio de todo

“Todos los medios nos vapulean minuciosamente. Son tan penetrantes en sus consecuencias personales, políticas, económicas, estéticas y sociales, que no dejan parte alguna de nuestra persona intacta, inalterada, sin modificar. El medio es el masaje. Ninguna comprensión de cambio social y cultural es posible cuando no se conoce la manera en que los medios funcionan de ambientes”. MCLUHAN – The medium is the massage (1967).

 

Los medios de comunicación en Argentina, al igual que en la mayoría de las naciones de occidente, han cumplido diversas funciones a lo largo de la historia. A veces en simultáneo, a veces solapadas, a veces dejando algunas por dedicarse a otras.

En principio, su objetivo –claramente- radicó en constituirse como instrumentos de difusión de hechos socialmente relevantes en y para la comunidad a la que se dirigían y de la que formaban parte. La puesta en funcionamiento y el contexto histórico en el que éstos se desarrollaron, llevaron a una nueva etapa en su cronología: la de ser instrumentos del status quo para afianzar la hegemonía, el lugar prioritario de los dominantes y la opresión a los dominados.

En cuanto a este factor hegemónico, son varios los aspectos que hacen que los medios de comunicación tengan un lugar central en la vida de las sociedades democráticas de occidente (también encontrarán, claro, su funcionalidad en las épocas de gobiernos de facto).

Por un lado, a nivel sociológico, el control social ejercido y promovido por los medios de comunicación a través de sus operaciones de lectura de “la realidad” –trasladadas al público- en las que se imponen etiquetas discriminatorias (según lugar de residencia, modos de vida, elecciones sexuales, entre varios otros) los ha constituido como reguladores del discurso de clases y a su vez como entes jerarquizantes y legitimadores de las voces habilitadas para narrar la historia (micro y macro).

Por otro lado, a nivel político, los medios a lo largo de la historia han ganado su lugar como “cuarto poder”,  sumándose virtualmente a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial que conforman a una república. Esto se debe a su función de transmisores de información, que es  vital para la ciudadanía; y a la vez a su rol de vigilantes de la transparencia en el ejercicio de las funciones públicas y de la gestión. Este lugar central de “cuarto poder” dispuso a los medios como actores indispensables para la vida institucional de la nación.

Junto a esta función apareció el problema de los grupos de poder, que necesitaban para su continuidad credibilidad, aceptación, domesticación de los públicos. Operando en la oscuridad, manipularon a los medios y las noticias para utilizarlos con este fin. Esto llevó a que cada vez más el foco se pusiera no en la calidad de los contenidos sino en la generación y disposición de los mismos con los objetivos de ocultar y mentir.

También, los estudios de audiencia demostraron que el impacto generado por lo que se decía en los medios (enunciados colmados de construida autoridad, supuesta objetividad y pretensiosa veracidad) era verdaderamente influyente en la ciudadanía. Este motivo fundamental llevó a los operadores políticos y capitalistas a interesarse en la utilización a su favor de las noticias, los dispositivos y los periodistas. El doble juego entre el interés económico y el atractivo radicado en la posibilidad de manipular la información es válido también para los sectores de poder no específicamente gubernamentales (es decir, organizaciones de la sociedad civil, instituciones privadas dedicadas al “bien común”, entre otros).

Uno de los puntos más preocupantes en el tratamiento del rol de los medios en nuestra sociedad es el que atañe a su relación con el mercado. En un principio, se asumió que los medios de comunicación necesitaban -como empresas que producen bienes- para su subsistencia, desarrollar su propio circuito económico (producción- comercialización- distribución). Lo peligroso de esta disposición es que el producto que se comercializa se relaciona directamente con un derecho humano universal, la libertad de expresión y por extensión la información.

Los medios de comunicación son empresas, que tienen asociaciones claras y ocultas con corporaciones de otros rubros (algunas con alcance comercial nacional, otras, multinacionales) que como toda empresa cuidan a sus clientes (las empresas que pautan en sus espacios, su mayor fuente de ingresos) y no los perjudican con su producto, si no que buscan brindarles el mejor servicio (no los dañarán con la información publicada y omitirán frecuentemente lo que los exponga de manera negativa). Y es este uno de los puntos más oscuros en este aspecto. Se supone que la información debe ser clara, precisa, relevante para los miembros de una sociedad, que los periodistas deben ejercer su profesión en la búsqueda y divulgación de noticias e investigaciones profundas que cooperen en la construcción de una identidad y en el conocimiento público y reflexivo de las coyunturas. Pero al haber intereses económicos construyendo entramados desde el fondo, es cada vez más complejo y hasta a veces utópico el cumplimiento de estas funciones.

 

La independencia de los medios de comunicación y de los periodistas que en ellos ejercen su profesión es a nuestro criterio una falsedad. Entendiendo que vivimos en un sistema económico y político de carácter capitalista, en el que las personas y las empresas se sostienen con dinero (valor de cambio) y que es necesario generar ganancias para subsistir, ahorrar y reinvertir, no se puede pretender una independencia económica ya que la pauta publicitaria implica, como decíamos antes, una suerte de lealtad del proveedor con el cliente. Además, y lo más importante, es que la ideología y la postura desde la que se constituyen tanto el periodista como el medio siempre van a existir, y por ende el recorte de la realidad siempre se realizará, consciente o inconscientemente.

Por lo tanto, tal como lo manifestó Araceli Bellota, es crucial para desarrollar un nuevo y límpido pacto de lectura, que cada medio y cada periodista manifieste su postura, permitiendo al receptor conocer y comprender desde dónde es que se produce ese recorte de la realidad, esa observación del hecho noticioso.

La alianza de los medios de comunicación con los sectores de poder extranjeros está relacionada también con las grandes corporaciones que detentan las redes de medios de comunicación más importantes de nuestro país y en muchos casos de afuera también.

De esta manera, la posibilidad de colonizar los medios de comunicación y las noticias es simplemente certera, y los efectos de tal operación son inmediatos y dan grandes frutos en la población: colonización cultural con consecuencias económicas, acostumbramiento del receptor al desprecio por lo nacional y el deseo de lo foráneo, ocultamiento de la información pertinente a todas las regiones del país en pos de promover la centralización conveniente a estos grupos de interés, entre otros, adhesión a espacios políticos afines a los medios de mayor alcance, con mayor infraestructura y más poderosos anunciantes del país.

Generar en el receptor aceptación es generar adaptación. Son muchísimos los mecanismos a través de los cuales puede lograrse, y para el interés de grupos y sectores internacionales esta vía es una de las más deseables por lo subrepticio, por la posibilidad de trabajar desde las bases, en la cotidianeidad, a través de los enunciadores legitimados, evitando la violencia física, militar y simbólica para imponerse.

Todavía queda un largo camino  a recorrer, signado por el ensayo y el error, para lograr el nuevo contrato de lectura de los medios de comunicación que necesitamos como sociedad.

 

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